miércoles, marzo 19

Ojos Verdes I

Todos los lunes salía de clases a las 4pm. Hora perfecta para ir a tomar un café helado y a leer las lecturas programadas para la semana. Tenía mi lugar favorito: la esquina izquierda, en la terraza. ¿La razón de que ese fuera mi lugar? Era la única mesa cuadrada; las demás, redondas. Y parece que todos lo notaban porque siempre que iba estaba vacío. Seguro porque en las mesas redondas entran más personas, o porque según el Feng Shui lo redondo deja que fluya la energía mientras lo cuadrado la estanca (y más aún las esquinas), seguro porque el mozo que atendía esa mesa no atendía bien, o quizás porque simplemente esa mesa era diferente. Lo importante es que con el pasar de mis idas y venidas a ese café, le agarré cariño a esa esquina, porque podía observar todo el lugar y toda la calle y porque en verano corre el viento suficiente para refrescarme después de 6 horas de clases y en invierno me da el frío suficiente para pedirme un cappuccino hirviendo.

Cada lunes variaba con algo diferente, a veces iba con ganas de embutirme un sándwich con jamón, queso, durazno y pollo y un buen surtido, otras veces iba con ganas de un rico muffin y un chocolate caliente, y muchas veces iba con mi apetito light de pan capresse con jugo de naranja (sin azúcar, por favor), dependiendo de mi ánimo y de las lecturas que me tocaba leer. Una lectura pesada y larga, siempre iba con algo rico, para disfrutarla. Me encantaba ir sola, era mi momento de engreimiento. Era mi hora y media en la cual solo abría la boca para sorber de la cañita o morder, y lo único que movía eran los ojos. Normalmente nada fuera de mi lectura me distraía, estaba en esa etapa en la cual vivía para estudiar. Estudia, luego existes. Eso. Si algo me hacía mover de más mis ojos y despegarlos de mis lecturas era porque realmente valía la pena, como aquella vez en que instintivamente alcé la mirada al sentir que me alguien me observaba desde la banca de al frente. Valió la pena, porque me encontré con un chico realmente guapo, de unos ojos que brillaban con ese sol de las 5pm. Sí, un despilfarro de belleza. Pero para qué seguir mirando algo que otros 100 pares de ojos femeninos también lo harán… y continué con mi lectura.

Lo frustrante fue que no pude. No pude continuar leyendo porque no pude dejar de mirarlo. Como si nunca hubiese visto a un hombre guapo. Pero no, hora y media cumplida solo había llegado hasta la mitad. Pagué la cuenta, me paré y me fui. Algo en mi cabecita me decía que camine delante de él, que haga sonar fuerte mi pisada con mis tacones y que me levante un poco la falda para mostrar mis piernas trabajadas en el gimnasio. Revisé de reojo si mis panties estaban sin correr y caminé fuerte y decidida delante de él, para que me viera más de cerca. Pues funcionó, porque sentí su mirada de arriba abajo todo el recorrido hasta la esquina. Antes de cruzar, algo muy dentro de mí, me susurraba que voltee a ver si seguía mirándome. Lo hice. Y él también. Plan exitoso.

De plan exitoso fue a plan fallido, ya que desde ese lunes el chico no dejó de ir a aquella banca lunes tras lunes a mirarme cada vez que yo alzaba la mirada. Opté por ponerme de espaldas a la calle, el cual me sacaba de mis casillas, y no mirarlo más. Pero cada pequeña bulla que escuchaba a mis espaldas me hacía voltear, y él estaba ahí, mirándome. Miraba al reflejo de la ventana del café y ahí estaban esos ojos esmeraldas mirando, sofocando. Y no, yo no era tan guapa. Y no, gran cuerpo no tenía. La rubia de mi universidad por la cual todos añoran se sentó el lunes pasado al costado mío y no la miraba a ella, me miraba a mí, lo sabía porque algo dentro de mí me lo decía. Dejé de ir un lunes, porque era imposible concentrarse a la vez que un hombre con complejo de secuestrador no me podía quitar la mirada, y fui el martes lo cual tuve que faltar a clases. Y él también. Fui un domingo a las 8am para tomar desayuno, y él también. 

Ese lunes siguiente llegué decidida a encararlo. Me senté en la banca. Esperé y esperé. “En la esquina” presentí… y sí, estaba ahí parado en la esquina con los brazos cruzados, su camisa manga larga habitual fuera del pantalón y unos jeans. Me miraba. Agarré mi bolso y caminé decidida como lo hice el primer día en que lo vi. No le despegué los ojos de encima en ningún momento. Sentía cómo mi ceño se fruncía y mis cachetes se encendían al fuego vivo. Llegué y simplemente vomité las palabras atracadas desde hacía ya un mes “¿TIENES ALGÚN PROBLEMA?”, le grité…..



tobecontinued.

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