Todos los lunes salía de clases a las 4pm. Hora perfecta para ir a tomar
un café helado y a leer las lecturas programadas para la semana. Tenía mi lugar
favorito: la esquina izquierda, en la terraza. ¿La razón de que ese fuera mi
lugar? Era la única mesa cuadrada; las demás, redondas. Y parece que todos lo
notaban porque siempre que iba estaba vacío. Seguro porque en
las mesas redondas entran más personas, o porque según el Feng Shui lo redondo
deja que fluya la energía mientras lo cuadrado la estanca (y más aún las
esquinas), seguro porque el mozo que atendía esa mesa no atendía bien, o quizás
porque simplemente esa mesa era diferente. Lo importante es que con el
pasar de mis idas y venidas a ese café, le agarré cariño a esa esquina, porque
podía observar todo el lugar y toda la calle y porque en verano corre el viento
suficiente para refrescarme después de 6 horas de clases y en invierno me da el
frío suficiente para pedirme un cappuccino hirviendo.
Cada lunes variaba con algo diferente, a veces iba con ganas de
embutirme un sándwich con jamón, queso, durazno y pollo y un buen surtido,
otras veces iba con ganas de un rico muffin y un chocolate caliente, y muchas
veces iba con mi apetito light de pan capresse con jugo de naranja (sin azúcar,
por favor), dependiendo de mi ánimo y de las lecturas que me tocaba leer. Una
lectura pesada y larga, siempre iba con algo rico, para disfrutarla. Me
encantaba ir sola, era mi momento de engreimiento. Era mi hora y media en la
cual solo abría la boca para sorber de la cañita o morder, y lo único que movía
eran los ojos. Normalmente nada fuera de mi lectura me distraía, estaba en esa
etapa en la cual vivía para estudiar. Estudia, luego existes. Eso. Si algo me
hacía mover de más mis ojos y despegarlos de mis lecturas era porque realmente
valía la pena, como aquella vez en que instintivamente alcé la mirada al sentir
que me alguien me observaba desde la banca de al frente. Valió la pena, porque me
encontré con un chico realmente guapo, de unos ojos que brillaban con ese sol
de las 5pm. Sí, un despilfarro de belleza. Pero para qué seguir mirando algo
que otros 100 pares de ojos femeninos también lo harán… y continué con mi
lectura.
Lo frustrante fue que no pude. No pude continuar leyendo porque no pude
dejar de mirarlo. Como si nunca hubiese visto a un hombre guapo. Pero no, hora
y media cumplida solo había llegado hasta la mitad. Pagué la cuenta, me paré y
me fui. Algo en mi cabecita me decía que camine delante de él, que haga sonar
fuerte mi pisada con mis tacones y que me levante un poco la falda para mostrar
mis piernas trabajadas en el gimnasio. Revisé de reojo si mis panties estaban
sin correr y caminé fuerte y decidida delante de él, para que me viera más de
cerca. Pues funcionó, porque sentí su mirada de arriba abajo todo el recorrido
hasta la esquina. Antes de cruzar, algo muy dentro de mí, me
susurraba que voltee a ver si seguía mirándome. Lo hice. Y él también. Plan
exitoso.
Ese lunes siguiente llegué decidida a encararlo. Me senté en la banca. Esperé y esperé. “En la esquina” presentí… y sí, estaba ahí parado en la esquina con los brazos cruzados, su camisa manga larga habitual fuera del pantalón y unos jeans. Me miraba. Agarré mi bolso y caminé decidida como lo hice el primer día en que lo vi. No le despegué los ojos de encima en ningún momento. Sentía cómo mi ceño se fruncía y mis cachetes se encendían al fuego vivo. Llegué y simplemente vomité las palabras atracadas desde hacía ya un mes “¿TIENES ALGÚN PROBLEMA?”, le grité…..
tobecontinued.

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