martes, marzo 25

Ojos Pardos I

Ese lunes mi mamá había colmado mi paciencia.  Está bien. Controlar la mente de los demás está mal, sobre todo con el uso que yo le doy, pero ya tengo 21 años, ya no soy un niño que mis padres pueden controlar. Me pasé toda la mañana discutiendo con ella en su apartamento y soportando sus gritos que juraban que yo le había hecho ir al banco a pagar mi deuda. No es cierto. Bueno sí estaba endeudado, y no, ya no tenía dinero guardado. Pero yo no hice que ella vaya, solo le metí la idea en la cabeza de que yo estaba en la quiebra. Solo le sugerí a sus pensamientos que vayan a ver el estado de mi cuenta. Nada más. Ella fue por decisión suya. Además, los gastos que hice fueron necesarios. Excepto el último, en el que gaste un número de cuatro cifras en alcohol. Pero ella no tiene por qué saber la verdad ¿o si? Igual, haré que no piense en eso. Solo fui porque necesitaba que me diga la clave de su tarjeta. Y porque necesitaba dinero. Y porque la quería.

Hice que me invitara a almorzar y que me preparara pasta, la amaba (lasagna, por favor). Pero a pesar de mi amabilidad, mi madre y yo ya no podíamos tener una conversación normal, porque ella estaba paranoica con que yo controlara cada uno de sus pensamientos. Tienes que dejar de dominar la mente de los demás, así no puedes vivir, siendo egoísta… usas a las personas para tu propio bien… me usas a mí… y se echaba a llorar, para luego discutir y terminar botándome del apartamento para que vaya a arreglar mis asuntos con mi padre. Las cosas con él iban peor que con mi mamá. Era imposible tener una charla con él sin oírlo en mi cabeza. Y cada día se volvía más agresivo.

Le juré y perjuré a mi madre que no había tenido ninguna intención de controlarla. ¡Puedo ver como se ensanchan tus pupilas, me estás mintiendo ahorita mismo! Uy. Ya me conocía. Con esos gritos cerré la puerta y apreté el elevador para irme. Me habían echado de mi propia casa. Y el apartamento de mi padre no era algo al que yo llamara hogar. Mi día iba de mal en peor.

Al salir encontré una banca en medio del pasaje. Olía a café por aquel restaurant del frente. Me senté, me desajusté la corbata, dejé el saco de mi terno a un costado por el calor que hacía y empecé a oler el aroma del café que me calmaba. Estaba furioso. La entrevista de trabajo de ese día había sido un desastre. No pude lograr que me aumentaran el sueldo al que yo quisiera, así que me largué. Solo conseguí el número de la secretaria del señor que me entrevistó. Quizás la llame por la noche, pero no tengo ni cama ni dinero. Ya oía a mi madre quejarse por cada mujer que yo traía a la casa: “¿Puedes dejar de controlar a las mujeres así? ¿Cuándo vas a aprender a enamorar sin dominar sus mentes? ¿Cuándo vas a traer a una chica de verdad? ¿Sabes que para conocer a una mujer, se debe empezar con un <<Hola>>, no con <<me das tu número>> verdad? ¿Me respetas Alessandro? ¿Si? Entonces aprende a respetar a todas las demás mujeres” gritos de mi madre de todos los días.

Al anotar el número de la secretaria en mi celular noté unos ojos sobre mí.  Alcé mi mirada y los encontré. Pero ella fue rápida y bajó su mirada. Quise verla bien así que hice que alce su mirada nuevamente. Lo hizo. Sus ojos eran algo que me desconcertaron. Era su color, o quizás su tamaño. Había algo que me gustaba en ellos. Quizás su inocencia. Los ojos pardos más brillantes que había visto antes. Ella era más rápida que yo y bajaba nuevamente su mirada a leer sus papeles. Yo hacía que me mire minuto tras minuto, hasta que la noté hartarse. Agarró su cartera, metió sus papeles, llamó al mozo, pagó la cuenta y se paró.

Era pequeña, pero me atraía. Quería verla más de cerca, para ver su cara, y su cuerpo. Camina delante de mí, le susurré. Me miró, se enderezó y se acercó a paso firme hacia mí. Se veía tan graciosa aparentando ser seria. Levántate la falda, sugerí. Quería ver qué había debajo de ella. La molestia de mi día se estaba yendo. Quizás mi madre tenía razón, quizás esto de divertirme dominando la mente de los demás era algo malo. Pero no le hacía daño a nadie. La chica pasó delante de mí y la pude ver más de cerca. Pequeña, tez blanca, castaña, con buenas piernas y unos ojos pardos más brillantes que el sol. No pude dejar de mirarla. Cuando llegó a la esquina hice que volteara una vez más. Era un rostro que no podía olvidar.

Nunca me había pasado esto. Fui todos los días de la semana a verla, pero no la encontré hasta el siguiente lunes a la misma hora. Hice que me mire una y otra vez para observar sus ojos. Era una sensación indescriptible cada vez que me miraba. Era como cuando uno se queda pegado a la ventana de un avión mirando el paisaje de abajo, como cuando uno mira ola tras ola reventando en la orilla, y no te aburre. Su miraba no me aburría, me hipnotizaba. Pasaba la hora y media haciéndola mirarme para averiguar qué era lo que me gustaba de ella, hasta que se dio cuenta y un lunes empezó a sentarse dándome la espalda. Pero yo hacía que con cada ruido voltee o que me mire por el reflejo de la mampara del café.

Otro lunes se sentó al lado de ella una rubia proporcionada realmente deseable. Intenté meterme en su cabeza, pero la verdad, no me interesó, y me sorprendió, porque normalmente era la típica chica con la cual yo salía. A pesar de que esa rubia me miraba y hacía de todo para llamar mi atención, solo hice que se parara y se fuera, porque solo me interesaba la chica de la única mesa cuadrada del café.

Dejó de ir un lunes. Se dio cuenta, pensé. Hice que mi madre me perdonara para ir de nuevo al apartamento y ver por la ventana cuando ella vaya. Cada vez que la veía doblar en la esquina. Yo la distraía metiéndole alguna idea hasta llegar y aparecerme en aquella banca. Un domingo fue a tomar desayuno. Su desesperación me hacía reír por dentro.

Ese lunes siguiente la vi voltear en la esquina, bajé del edificio y la encontré sentada en aquella banca donde yo solía mirarla. Mierda. Me escabullí entre la gente hasta llegar a la esquina del semáforo.  La miré desde ahí, no podía dejar de temblar su pierna derecha. Me estaba esperando. Estoy en la esquina, le dije, y volteó a verme. Agarró su bolso y vino caminando ridículamente como el primer día en que la vi. Su mirada penetrante acercándose a mí, sus mejillas rojas, y su ceño fruncido la hacía ver tan pequeña y frágil. Tenía demasiadas ganas de besarla. Qué me está pasando… pensé asustado. Ella llegó al frente mío, se plantó y me gritó: “¡¿tienes algún problema?¡”. Me quedé mirando sus pequeños ojos pardos un segundo. Mierda, mierda, mierda… qué le digo… me desesperé. “Hola”… fue lo único que se me ocurrió decir.

tobecontiued.

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